El reino muy, muy cercano de los carruajes encantados
Había una vez un reino muy, muy cercano donde todos sus habitantes necesitaban una licencia para conducir su propia vida. En aquel lugar existían dos clases de personas. Unas avanzaban a tracción de sangre: montadas sobre caballos malhumorados, mulas cargadas de fruta y carretas que olían a estiércol cuando hacía demasiado calor. Las otras poseían carruajes encantados. Eran criaturas de metal con cuatro patas redondas, dos ojos de vidrio y un corazón que despertaba al girar una pequeña llave. Bebían una poción negra y costosa, gruñían al levantarse y podían transportar a sus dueños sin ensuciarles los zapatos. Quienes tenían uno caminaban de manera distinta. Hacían sonar sus llaves al entrar en una habitación y preguntaban, con una naturalidad que a mí me parecía ofensiva: —¿Dónde puedo dejarlo? No estaba prohibido que los jinetes hablaran con los dueños de los carruajes. Sin embargo, mezclarse demasiado podía provocar miradas tan severas que algunos preferían la ejecución en l...