El reino muy, muy cercano de los carruajes encantados


Había una vez un reino muy, muy cercano donde todos sus habitantes necesitaban una licencia para conducir su propia vida.

En aquel lugar existían dos clases de personas.

Unas avanzaban a tracción de sangre: montadas sobre caballos malhumorados, mulas cargadas de fruta y carretas que olían a estiércol cuando hacía demasiado calor.

Las otras poseían carruajes encantados.

Eran criaturas de metal con cuatro patas redondas, dos ojos de vidrio y un corazón que despertaba al girar una pequeña llave. Bebían una poción negra y costosa, gruñían al levantarse y podían transportar a sus dueños sin ensuciarles los zapatos.

Quienes tenían uno caminaban de manera distinta. Hacían sonar sus llaves al entrar en una habitación y preguntaban, con una naturalidad que a mí me parecía ofensiva:

—¿Dónde puedo dejarlo?

No estaba prohibido que los jinetes hablaran con los dueños de los carruajes. Sin embargo, mezclarse demasiado podía provocar miradas tan severas que algunos preferían la ejecución en la plaza pública.

La Oficina del Progreso Personal establecía reglas muy estrictas. Primero debía pagarse el diezmo. Después, y solo después, se permitía pensar en progresar.

Yo pertenecía al primer grupo.

Durante años viajé entre pisadas de mierda, bultos de fruta y caballos cagones. Me repetía que no era tan terrible. Los caballos podían ser nobles. Las mulas eran resistentes. Caminar fortalecía las piernas y permitía contemplar el paisaje.

Todo eso era cierto.

También era mentira.

En el reino se decía que quien poseía un carruaje encantado podía llevar consigo a una princesa o a un princeso. También podía abandonar cualquier lugar cuando quisiera, atravesar el reino durante la noche y llegar a sitios donde los caballos ya estaban dormidos.

Yo no deseaba presumir.

O quizá sí.

Una mañana decidí que no soportaría una pisada de mierda más.

Para reunir las monedas necesarias, comencé a robarle un poco al santo cada quince días. No creo que lo notara: recibía tantas limosnas que jamás llevaba bien sus cuentas. Además, como soy una persona muy honesta, acepté todos los trabajos que encontré. Enseñé divisiones a una niña, le conté los frijoles al rey y redacté cartas para caballeros que deseaban parecer más inteligentes de lo que eran.

Así pasaron varios meses.

Mi bolsa de monedas se volvió tan pesada que debía sostenerla por debajo para impedir que se desgarrara.

Entonces fui al Criadero Real de Carruajes Encantados.

Me puse mi abrigo más elegante, aunque tenía rotas las bolsas, y practiqué mi voz de adulto durante todo el camino. Al llegar al mostrador, respiré profundamente y dije:

—Me da un carruaje con todo.

La encargada era una foca de bigotes largos que llevaba un pequeño sombrero azul. Me observó de arriba abajo y soltó una risotada.

—Muchachito, tú no sabes lo que estás diciendo. Ándate y vuelve en bicicleta.

Sentí que mi cara se derretía sobre el piso.

¿Acaso me veía como uno de esos campesinos que acudían por una carreta y terminaban pidiendo que se la hicieran a la medida? ¿No parecía serio? ¿No era suficiente mi abrigo roto? ¿Cada cuánto le encargaban un carruaje, pedazo de idiota?

No dije nada de eso.

Recogí mi bolsa y me aparté.

Entonces llegó una princesa.

Su vestido era tan grande que tuve que hacerme a un lado para no pisarlo. La princesa trató a la foca con desprecio. Le corrigió el nombre, criticó la decoración y se quejó de que el piso estaba sucio.

Aun así, la foca sonrió.

Le ofreció una silla.

Le llevó agua.

Mandó encender todos los carruajes para que la princesa pudiera escuchar sus corazones.

Hasta preguntó si deseaba que cerraran el criadero para elegir con tranquilidad.

Jum.

Genio y figura.

Yo era un don nadie. No solo figuradamente. Había nacido sin padres importantes, sin castillo y sin un apellido capaz de abrir puertas. Era un arrimado en un reino donde incluso la dignidad parecía necesitar un comprobante de domicilio.

Yo solo quería comprar un poco de libertad.

Regresé a la Oficina del Progreso Personal. La funcionaria fue más indulgente que la foca. Se acomodó los anteojos, revisó mi expediente y señaló un enorme cartel colocado detrás de ella:

NO TE COMPARES. AVANZA. SIGUE TU PROPIO CAMINO.

—Cada persona progresa a su ritmo —me explicó.

Tenía bastante sentido.

Aunque, si el rey la expulsaba al día siguiente, ella siempre podría pedirle a su familia que la ayudara a mudarse a otro reino. Yo no. Le había jurado lealtad a aquella tierra y abandonarla habría sido una especie de suicidio social.

Intenté convencerme de que no necesitaba un carruaje.

Después de todo, las mulas y los caballos no eran tan malos. Apestaban, sí, pero parecían menos costosos que alimentar a una criatura de metal. O quizá no. Yo desconocía el otro lado.

Sin embargo, todos los días los veía pasar.

Los veía detenerse frente a las casas de mis amigos. Los veía esperar a la salida de los bailes. Los veía llevar princesas y princesos hacia lugares a los que yo no podía llegar.

Sus dos ojos de vidrio aparecían en las calles al anochecer y, por un instante, me parecía que todos sabían adónde iban.

Todos menos yo.

Un día regresé al criadero donde, según los anuncios, los sueños recibían cuatro ruedas.

Esta vez no llevé mi viejo abrigo. Me vestí como un aristócrata, hablé de mis trabajos para el rey y mostré todos los sellos que había conseguido en otros reinos.

La foca no se rio.

—¿En qué podemos servirle, caballero? —preguntó.

Hasta agua me ofreció.

Me enseñó una criatura blanca. Era reluciente, silenciosa y olía a una vida que todavía no era mía. Cuando la foca giró la llave, sus dos ojos se iluminaron y su corazón comenzó a ronronear.

Me enamoré inmediatamente.

Para llevármela tuve que entregar mi bolsa de monedas, hipotecar varios años de mi alma y jurar lealtad a la Orden Sagrada de los Carruajes.

Desde aquel momento, los problemas de los caballos tendrían que serme ajenos. Jamás volvería a criticar un establo, una poción demasiado cara ni los caminos construidos especialmente para aquellas criaturas.

Tampoco podría traicionar el principio fundacional de la Orden:

Quien tiene cuatro ruedas ha avanzado más que quien conserva solamente dos pies.

No me importó.

Si en aquel reino nadie se había preocupado por mí, ¿por qué habría yo de preocuparme por ellos?

Finalmente, la foca depositó una llave en mi mano.

Tomé el volante.

El primer día no probé bocado. El segundo tampoco. Ya no quedaban monedas para comer, pero me pareció un sacrificio razonable. Los grandes logros, según la Oficina del Progreso Personal, siempre exigían renuncias.

Entonces pregunté:

—¿Qué sigue?

Nadie respondió.

—¡Ah, claro! —dije—. Disfrutarlo.

Pero no sabía cómo.

No podía abandonar el reino. Tampoco tenía tiempo para viajar. Cada mañana conducía junto a un mar de personas idénticas a mí: hombres y mujeres encerrados en criaturas de metal, avanzando unos cuantos metros antes de detenerse nuevamente.

Los carruajes habían sido creados para correr, pero pasaban la mayor parte del día inmóviles.

Algunos habitantes los habían recibido desde niños y jamás comprendieron por qué yo acariciaba el volante con tanto cuidado. Otros conservaban los suyos en establos, por miedo a rayarlos. Había criaturas relucientes, chocadas, enfermas, embargadas y algunas que llevaban años sin despertar.

Todas dormían en el gran estacionamiento de las vidas ajenas.

Me pregunté si también sus dueños habían sido humillados por una foca. Si alguna vez habían sostenido una bolsa desgarrada. Si habían entregado el alma con tanta ligereza. Si alguna princesa los había cambiado por un hombre maloliente, aunque provisto de carruaje.

Miré mis cuatro ruedas.

¿Esto era el progreso?

Desde que las tenía, cargaba con una preocupación adicional antes de dormir. No poseía más tiempo ni más amigos. Tampoco estaba seguro de ser más libre. Había sustituido el miedo a quedarme atrás por el miedo a perder aquello que demostraba que, finalmente, había avanzado.

Supongo que cuatro ruedas impresionan bastante.

Las mías no llegaron a tiempo.

En algún lugar conservo una fotografía de mi princesa y de mí. Los dos sacamos la lengua y miramos hacia el pequeño espejo mágico, convencidos de que el futuro sabría esperarnos.

Cuando observo esa imagen, pienso que ahora podría llevarla a cualquier sitio.

Pero, para cuando recibí la llave, ella ya se había marchado.

Mi carruaje duerme abajo. Es blanco, hermoso y mío. Algunas noches hago sonar las llaves, aunque no piense salir. Tal vez espero que alguien todavía montado sobre una mula las escuche y crea que yo sí conseguí entrar al reino.

Me avergüenza admitirlo.

Con el tiempo descubrí que las criaturas de metal no solo transportaban a sus dueños. También habían transformado el reino entero. Los caminos se ensancharon para ellas, las plazas se convirtieron en establos y las casas comenzaron a construirse cada vez más lejos unas de otras.

Como todos podían ir a cualquier parte, pronto nada quedó cerca.

Y como todos poseían la libertad de avanzar, pasábamos las mañanas detenidos unos detrás de otros.

Quizá el hechizo nunca estuvo dentro de los carruajes.

Quizá consistía en hacernos creer que, por viajar solos, éramos más libres; que llegar primero significaba llegar mejor y que poseer un camino era lo mismo que saber adónde conducía.

La Oficina del Progreso Personal jamás explicó nada de eso.

Solo colocó un cartel nuevo:

NO TE DETENGAS. EL REINO AVANZA CONTIGO.

Lo leí desde mi carruaje inmóvil.

Delante de mí había cientos.

Detrás, miles.

Acaricié la llave y pensé que al menos ya no pisaba mierda.

Y así fue como entré al reino muy, muy cercano de los carruajes encantados.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

Reclamaciones

Me interesé en una basura con alas llamada MD-83