Reclamaciones


CARTA DE RECLAMACIÓN

A quien corresponda:

Me llamo Teodoro y he sido uno de sus clientes más asiduos durante toda mi vida. Nunca pedí contratar sus servicios y, hasta donde entiendo, tampoco existe la posibilidad de cancelarlos; aun así, durante años confié en ustedes para recibir recuerdos frescos, cálidos y, en la medida de lo posible, agradables.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, la calidad de sus productos ha decaído de manera alarmante. Los recuerdos que me envían solo me provocan vergüenza, incomodidad y otra serie de emociones que considero innecesario describir, pues supongo que ustedes, mejor que nadie, conocen su contenido. Además, ¡siempre llegan a destiempo! No existe consideración alguna por mis horarios, mi trabajo ni mi necesidad elemental de dormir.

Hace unos días, pasada la medianoche, recibí nuevamente el estúpido recuerdo de aquella ocasión en que una maestra, famosa por mandona e ingrata, me descubrió tocando la puerta de la sala de profesores. Yo pretendía hacer una broma cuyo ingenio, admito, no ha resistido bien el paso del tiempo. Cuando la mujer abrió la puerta y me encontró allí, mi cara cayó al piso. No literalmente, desde luego, aunque ustedes han conseguido reproducir la sensación con una fidelidad innecesaria. ¿Qué utilidad tenía enviarme aquello a las doce y media de la noche? ¿Era urgente? ¿No podía esperar hasta el horario laboral?

Durante algunos meses toleré su pésimo servicio porque conservaron en condiciones aceptables el recuerdo de cuando un buen amigo y yo nos reencontramos en un aeropuerto. Admito que ese producto me reconfortaba. Podía volver a la terminal, al instante de reconocerlo entre la gente, al abrazo con que la distancia pareció reducirse a nada. Por ese recuerdo llegué incluso a recomendarlos. Pensé que quizá las fallas anteriores habían sido incidentes aislados.

Me equivoqué.

Sus excesos son ya IN-TO-LE-RA-BLES.

No comprendo, por ejemplo, por qué eliminaron sin previo aviso mis conocimientos para crear texturas tridimensionales de automóviles para videojuegos. Hubo un tiempo en que sabía hacerlo. Recuerdo vagamente haber abierto programas, ajustado superficies, corregido reflejos y colocado luces, emblemas y matrículas con cierta destreza. Ahora miro los mismos archivos como quien contempla las ruinas de una civilización de la que, absurdamente, fue arquitecto. Sé que alguna vez entendí ese idioma, pero ya no puedo hablarlo.

En cambio, mantienen disponible, en alta definición y con sonido envolvente, la ocasión en que me encontraron cantando en un baño.

¿Con qué criterio trabajan ustedes?

No recuerdo herramientas que aprendí durante semanas, pero sí el instante exacto en que abrí la puerta y descubrí que alguien me había escuchado interpretar, con una seguridad completamente injustificada, una canción que ni siquiera cantaba bien. Puedo recordar el eco de los azulejos, mi voz detenida a la mitad de una sílaba y la expresión de quien me encontró. Hasta podría señalar en qué parte de mi cuerpo comenzó la vergüenza antes de subir hacia la cara.

También conservan impecablemente aquella noche en que el recepcionista de un hotel me descubrió subiendo a la habitación con una persona adicional. Todavía puedo ver cómo levantó la mirada desde el mostrador. No dijo gran cosa; no fue necesario. Ustedes se encargaron de completar la escena y de reproducirla periódicamente, como si se tratara de una película clásica restaurada para su aniversario.

¿Qué propósito tiene esto? ¿Es una advertencia? ¿Un programa educativo? ¿Una recopilación de mis peores momentos disponible bajo demanda, excepto que yo nunca la demando?

Su servicio de atención al cliente tampoco ofrece soluciones. Cada vez que intento presentar una inconformidad, recibo la misma respuesta: que debo dejar pasar los pensamientos, que no estoy obligado a consumirlos, que puedo observarlos sin identificarme con ellos.

En otras palabras: «Si no le parece, cámbiese».

Y yo pregunto: ¿a quién me cambiaré? ¿Qué otra memoria puedo contratar? ¿Existe una compañía que permita seleccionar los recuerdos antes de recibirlos? ¿Hay un plan sin anuncios, sin humillaciones nocturnas y con almacenamiento ilimitado para los días felices?

Ahora que lo pienso, quizá su competencia estaría encantada de recibirme. El lápiz y el papel han sido siempre una opción de almacenamiento económica. También he probado con fotografías, videos, grabaciones y diarios. He llenado dispositivos con imágenes que deberían protegerme de sus descuidos. Tengo rostros, fechas, voces, habitaciones, calles. Puedo demostrar dónde estuve y con quién. Puedo ampliar una fotografía hasta distinguir la textura de una camisa, pero no puedo recuperar lo que sentía dentro de ella.

Ninguno de esos métodos reproduce las emociones con la viveza con que ustedes conservan una vergüenza.

Puedo grabar una risa, pero no la alegría que la produjo. Puedo fotografiar un abrazo, pero no guardar su temperatura. Puedo conservar el movimiento de un cuerpo, pero no el peso que tuvo sobre el mío.

Y aquí es donde mi reclamación deja de ser una simple molestia.

Porque mientras ustedes protegen con admirable eficiencia el recuerdo de cuando un cliente advirtió el grifo de líquido en que se había convertido mi nariz durante una gripe —y todavía intentó suavizar su crueldad con un «si no se lo digo yo, nadie se lo dirá»—, han extraviado casi todos los momentos felices de mi infancia.

Vaya pelmazo, por cierto.

Pero incluso su comentario sobrevive mejor que aquellos años.

Ya no recuerdo los brazos de mi madre. Sé que me sostuvo porque toda madre sostiene alguna vez a su hijo y porque mi cuerpo, de una forma confusa, parece saberlo. Hay una sensación escondida en mí, una especie de calor sin forma, pero no puedo reconstruir el abrazo. No recuerdo desde qué altura veía el mundo, dónde descansaba mi cabeza ni cómo sonaba su respiración cuando me tenía cerca.

¿Dónde está ese archivo?

¿Fue eliminado? ¿Está dañado? ¿Lo clasificaron por error como información prescindible?

Tampoco recuerdo con claridad cómo se sentía escuchar a mi gatito recostado sobre mi pecho. Puedo verlo en las fotografías. Sé el color de su pelo, la forma de sus patas y el gesto que hacía cuando dormía. Tengo videos en los que todavía se mueve. En algunos se escucha incluso el ronroneo.

Pero ya no es lo mismo.

No puedo recuperar la vibración contra mi cuerpo. No puedo sentir su peso ni aquella tranquilidad silenciosa que producía saberlo allí. La grabación conserva el sonido, pero no lo que el sonido hacía conmigo. Y cuanto más intento volver a ese instante, más se aleja. Es como entrar en una habitación justo después de que alguien ha salido: todavía queda algo suyo en el aire, pero no lo suficiente para retenerlo.

Ustedes me dirán que así funciona el servicio. Que todo recuerdo se degrada, que ninguna experiencia puede almacenarse intacta y que, con el tiempo, las imágenes se mezclan, se corrigen y se inventan.

Precisamente por eso reclamo.

Porque ya no puedo saber si algunas cosas sucedieron realmente o si solo he construido su posibilidad. Tengo emociones y resquicios que me hacen intuir que ocurrieron. Una ternura sin escena. Una tristeza sin rostro. El reflejo de una luz en una habitación que no consigo localizar. A veces siento que fui feliz en algún momento, pero no puedo presentar pruebas.

¿Se puede recordar algo que no se recuerda?

¿Es suficiente conservar la emoción cuando se ha perdido el acontecimiento? ¿O esa emoción es también una falsificación, una mercancía defectuosa fabricada para llenar el espacio de lo que ustedes extraviaron?

Esa incertidumbre es lo que más me consume. No haber olvidado solamente los hechos, sino haber perdido la posibilidad de distinguir entre lo vivido y lo imaginado.

Quizá nunca estuve en ciertos lugares. Quizá mi madre nunca me abrazó de la manera en que mi cuerpo parece sugerirlo. Quizá mi gatito no permaneció tanto tiempo sobre mi pecho y fui yo quien, después de su muerte, extendió unos minutos hasta convertirlos en una eternidad pequeña y doméstica.

No lo sé.

Y mientras no lo sé, ustedes continúan enviándome, puntualmente y sin una sola pérdida de calidad, la voz de aquel cliente diciéndome que tenía la nariz escurriendo.

Por todo lo anterior, solicito una revisión completa de mi historial, la restauración inmediata de los productos extraviados y el cese definitivo de entregas vergonzosas fuera del horario convenido. De no recibir una respuesta satisfactoria, me veré obligado a trasladar todos mis recuerdos futuros al lápiz y al papel, aunque sospecho que incluso allí terminarán interviniendo ustedes.

Atentamente,

Teodoro

Cliente desde su nacimiento
Número de contrato: desconocido
Fecha de vencimiento: aparentemente, la muerte



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Me interesé en una basura con alas llamada MD-83

El reino muy, muy cercano de los carruajes encantados