Me interesé en una basura con alas llamada MD-83
A ver, ríete si quieres, pero tengo derecho a contar mi historia porque fue una verdadera cagada. Anda, hazlo.
Conocí ese avión cuando ya nadie lo quería. Llegó a mi vida aterrizando desde Bogotá. Todo el mundo le hacía el feo, los operadores de rampa no sabían muy bien cómo manejarlo y, en el aeropuerto, seguramente rompió una que otra norma de ruido. Sentí un poco de pena y me acerqué.
Al principio fue curiosidad genuina. Jamás había visto un ejemplar tan extraño. Nunca me pareció guapo. ¡No lo es! Es un avión irregular, barroco, pensé, pero quizá tenía su encanto. Lo miré distraídamente y, cuando lo dejaron abierto, me adentré en él. Penosamente, recorrí de reojo su interior, sentí sus compartimientos y salí. Me despedí nervioso. Él me correspondió el gesto con aquella expresión de persianas abajo que, durante un tiempo, me enloqueció.
Lo miraba con interés. Me parecía un incomprendido dentro de su categoría y, para que se sintiera recibido, empecé a aprender sobre él: su lógica de sistemas, sus procedimientos y el minucioso mantenimiento que podía requerir. Tenía tantas ganas de sentirte que me dediqué a aprenderte.
Al principio fue extraño. Tu Honeywell no se parecía a nada de lo que yo había visto. Entendí lo fácil que era reventar tus motores delgaduchos: solo hacía falta mantenerlos demasiado tiempo a suficientes revoluciones. Aprendí a no exigirte más de lo que podías dar, a anticiparme a tus limitaciones y a respetar cada una de tus mañas. Nunca pude cambiarte. Eras demasiado intransigente.
Nuestra primera noche por instrumentos, caprichosa como una perrita malcriada, te me montaste encima mientras me presumías lo mucho que disfrutabas el salitre en la cola cuando volabas por Santa Marta. Yo todavía creía que era quien llevaba el control.
Pasabas más tiempo en el hangar que volando conmigo, pero durante un tiempo fue divertido presumir que yo entendía algo que la mayoría no entendía —ni quería entender—. Había aviones mucho más modernos, eficientes y guapos, y aun así te seguí eligiendo. Creía estúpidamente en tu nobleza, en que conmigo no harías lo que le habías hecho a West Caribbean.
Fui precavido. No quise volar demasiado alto con el antihielo encendido. Conocía los riesgos de aventurarme contigo, los altísimos costos de mantenerte y el absurdo de tener que enviarte aceite a domicilio. Sabía que quererte exigía más de lo razonable, pero me gustaba pensar que tanto esfuerzo significaba algo.
Me cautivaste rápido, aunque todavía no entiendo cómo. Eres sumamente lento, largo, estrecho, chaparro y narizón. ¿Qué te vi?
Supongo que uno aprende a ser acogedor cuando nadie lo elige. Aunque, pensándolo bien, a ti cualquier piloto con menos de doscientas horas te monta. Así de sencillo fue. Si recorres tu panel de arriba hacia abajo encuentras todas las respuestas: no es tan complejo encenderte. El misterio era, en buena medida, una ilusión que yo mismo había construido.
Tampoco conociste de lealtad ni de palabra. Eres de esos aviones que traicionan a sus pilotos por reaccionar unos segundos tarde, de aquellos que ofrecen indicadores en lugar de alarmas y esperan que uno adivine el desastre antes de que sea demasiado tarde.
Pero quizá no es justo hablar tan mal de un avión que, al final, solo fue construido con un propósito: atravesar el cielo.
Así que también hablaré de cómo fue.
Solo recuerdo que atravesaste el cielo y que mis ojos siguieron tu fuselaje, vigilándolo como si mirarte con suficiente atención pudiera impedir que algo saliera mal. Ninguno de los dos era de ahí. Volamos sobre Soacha y Ciudad Bolívar. A Medallo nunca llegamos.
No quería prestigio entre pilotos. O tal vez sí.
Quería un compromiso sincero. Quería creer que detrás de tus sistemas anticuados, de tus reacciones tardías y de todas las horas que exigías en tierra existía una nobleza reservada para quien se tomara el tiempo de comprenderte. Me seducía pensar que eras difícil con los demás porque todavía no habías encontrado al piloto adecuado.
Qué manera tan elegante de sentirme especial.
También quería escuchar tu voz diciendo «Pull up», «Overspeed», aquel wah, wah que anunciaba que otra vez algo estaba saliendo mal. Quería ser tu hombre, tu piloto. Durante un tiempo lo fui. Fui la envidia de la academia. No duró demasiado, pero quizá la ilusión fue precisamente lo más emocionante: de verdad creía que había encontrado mi lugar.
Ahora todos tienen un A320. Son más modernos, más eficientes y más guapos. Avisan antes de traicionarte, responden cuando se les ordena y no necesitan que uno convierta cada vuelo en una prueba de amor. Yo también podría elegir uno. De hecho, probablemente debería.
Pero me hiciste sentir distinto y supiste aprovecharlo excelentemente.
Tal vez nunca llegamos más allá de Guatavita porque no estábamos hechos para llegar a ningún sitio, entre la fascinación y el accidente, entre lo que yo quería que fueras y la máquina que siempre fuiste y que me negué, no puedo decir que mentías, tus manuales, las restricciones que caen sobre ti, la evidencia siempre estuvo ahí: eras una mierda de avión.
No sé si todavía te quiero. Sí sé que sigo sintiendo. Todo mi mundo, viva cerca o lejos, sabe de ti. A veces levanto la mirada cuando escucho unos motores viejos, esperando reconocer esa cola desproporcionada, tu nariz absurda, la silueta que nadie más escogería.
Una basura con alas, llamada MD-83.

Comentarios
Publicar un comentario