Noches de orquídea
Me acusan de haber malversado el dinero de la República.
Tampoco diré cuánto fue, porque las cantidades, cuando pasan por la boca de los jueces, adquieren una obscenidad que no tenían cuando se las utilizaba para salvar a alguien. Sobre una mesa de caoba, bajo el crucifijo de un tribunal, todo dinero parece robado. Pero en Managua, en abril de 1990, aquel dinero tenía otro aspecto. Era gasolina para automóviles sin placas, municiones guardadas en cajas de herramientas, habitaciones alquiladas con nombres falsos, radios que permanecían encendidos toda la noche. Era el sueldo de hombres que vigilaban una puerta detrás de la cual dormía una mujer que se había negado a abandonar su país.
No lo hice por Nicaragua.
Lo hice por ella.
Primera noche
La conocí verdaderamente la madrugada posterior a su victoria, aunque ya nos habíamos visto antes en recepciones donde todos son presentados varias veces y nadie llega a conocerse.
Aquella noche Caracas todavía conservaba el olor de los incendios del año anterior. Había calles donde los escaparates nuevos no conseguían ocultar las manchas de humo y madres que seguían preguntando por hijos cuyo nombre no figuraba en ninguna lista. Yo acababa de regresar a la presidencia prometiendo la abundancia de mi primer gobierno y había recibido, en cambio, un país furioso, empobrecido y desconfiado.
A veces pienso que por eso me enamoré de Violeta: porque ella había recibido una patria todavía más arruinada y no parecía creer que las ruinas fueran una ofensa personal.
La noticia llegó de madrugada. Contra los pronósticos, contra los discursos, contra los murales, contra los fusiles y hasta contra ese modo centroamericano de considerar la guerra como una estación del año, Violeta Barrios de Chamorro había derrotado a Daniel Ortega.
En Miraflores los teléfonos comenzaron a sonar al mismo tiempo. Washington quería hablar. San José quería confirmar. Tegucigalpa pedía prudencia. Un ministro entró y me manifestó que la Unión Nacional Opositora estaba celebrando, aunque nadie sabía todavía si los sandinistas entregarían realmente el poder.
—Catorce partidos —murmuró—. Catorce partidos que solo están de acuerdo en que no quieren a Ortega.
Me reí.
Lo dije con esa ligereza que los presidentes empleamos cuando tememos que la historia esté a punto de desmentirnos.
Pedí que comunicaran con Managua.
Hubo un silbido, voces remotas, operadores que se gritaban números. Después escuché una respiración cansada. Una voz de mujer.
—¿Presidente Pérez?
—Presidenta Chamorro.
Guardó silencio.
Fue un silencio breve, pero advertí que la palabra la había asustado. No porque dudara de su victoria, sino porque comprendía lo que venía después. Hasta ese momento había sido candidata, viuda, propietaria de un periódico, madre de hijos divididos por la revolución. Desde aquella madrugada tendría que ser también el lugar donde una nación enemistada consigo misma fingiría estar reunida.
—Todavía no —respondió—. Daniel sigue siendo presidente.
—Lo será unas semanas más. Usted tendrá que serlo durante muchos años.
Me acerqué a la ventana. Caracas se extendía bajo una neblina amarilla. Las luces de los cerros temblaban como si también ellas estuvieran conectadas a aquella línea telefónica.
—No estará sola —le dije.
—He escuchado eso muchas veces.
No había reproche en su voz, hablaba en ella la experiencia.
Le hablé de la transferencia pacífica, de los acuerdos de Esquipulas, de la necesidad de evitar provocaciones, de las conversaciones que mantendríamos con Washington. Utilicé todas las expresiones que conoce un presidente cuando desea disimular que no sabe qué hacer.
Ella me escuchó.
Después dijo:
—Carlos Andrés, no necesito que me explique Centroamérica. Entiendo dónde estoy parada, siento el peso de la responsabilidad sobre mí.
Sentí vergüenza.
No por ignorar la respuesta, sino porque hasta entonces yo había pensado en su victoria como un acontecimiento diplomático. Una ficha luminosa desplazándose sobre el mapa. Una prueba de que la democracia avanzaba. No había pensado en el cuerpo concreto de aquella mujer: sus rodillas enfermas, sus manos, la garganta vulnerable donde podía alojarse una bala.
—Lo comprendo, la acompaño en la responsabilidad —respondí.
—¿Está seguro?
Ella soltó una pequeña risa. No una risa feliz, sino la risa de quien ha escuchado una promesa desmesurada y decide agradecerla porque quien la ofrece parece necesitar más consuelo que quien la recibe.
—Los hombres políticos siempre quieren hacer que las cosas sean ciertas.
—¿Y las mujeres políticas?
Después hablamos de su esposo.
No recuerdo cómo llegamos a él. Quizá nunca nos alejamos verdaderamente de él. Pedro Joaquín estaba en todas sus palabras, incluso cuando no lo nombraba. Había sido asesinado doce años antes, pero la muerte, en ciertos matrimonios, no consigue establecer una separación; apenas traslada a uno de los cónyuges a una habitación donde nadie más puede entrar.
—Él habría sabido qué hacer —dijo.
—Los muertos siempre saben qué hacer.
—Los muertos tienen la ventaja de no tener que equivocarse.
La línea quedó muda. Temí haberla ofendido. Tal vez deseaba ofenderla. Los celos son una humillación para cualquier hombre, pero para un presidente resultan además ridículos: ¿cómo podía yo sentirme desplazado por alguien que llevaba doce años bajo tierra?
—Usted no lo conoció —dijo finalmente.
—Perdóneme.
Se oyó una puerta. Alguien la llamaba desde el otro extremo de la habitación. Imaginé una casa llena de parientes, asesores, periodistas, sacerdotes y dirigentes de catorce partidos que comenzarían a disputarse el gobierno antes del amanecer.
—Tengo que irme —dijo.
—Violeta.
—¿Sí?
Quise decirle que su voz me había producido una ternura impropia, que por primera vez en muchos meses sentía deseos de proteger algo que no fuera mi gobierno, mi reputación o mi vida de hombre público. Pero incluso aquella madrugada conservé algo de prudencia.
—No olvide lo que le prometí.
—¿Que no estaré sola?
Su voz se volvió más suave.
—Procure llegar usted también, Carlos Andrés.
Y colgó.
Permanecí frente al teléfono como permanecen los hombres abandonados frente a una puerta: convencidos de que, si esperan lo suficiente, la materia misma habrá de compadecerlos.
Segunda noche
Llegué a Managua el veinticinco de abril.
La ciudad parecía haber pasado diez años bajo una tormenta que había destruido algunas casas y dejado intactas otras, sin que nadie pudiera explicar el criterio. Los árboles levantaban sus ramas sobre paredes desconchadas, anuncios revolucionarios, talleres mecánicos y terrenos donde todavía podían verse edificios heridos por el terremoto de 1972. El calor daba a todo una apariencia febril.
En el viejo estadio, sandinistas y opositores ocupaban gradas distintas y miraban el mismo campo como si no se tratara de un diamante de béisbol, sino de una frontera.
Daniel Ortega apareció con camisa roja, pantalones vaqueros y las mangas arremangadas. Había en él una tranquilidad inquietante, la tranquilidad de quien entrega un cargo sin entregar todavía el poder que lo sostuvo.
Violeta llegó vestida de blanco.
Descendió con dificultad. Llevaba muletas. Desde las gradas le lanzaron insultos y bolsas de plástico llenas de agua y refresco de naranja. Una de ellas estalló cerca de la comitiva y durante un segundo todos los escoltas llevaron la mano al saco.
Ella no se inclinó.
Sonrió.
Entonces comprendí que su fragilidad era el más extraño de los artificios políticos. No fingía ser débil; era débil, y obligaba a los demás a contemplar qué clase de hombres serían si decidían destruirla.
A las once y cincuenta y seis recibió la banda presidencial.
El estadio rugió. Una parte celebraba, otra silbaba, y entre ambas se elevó ese ruido confuso que hacen los pueblos cuando todavía no han decidido si presencian una reconciliación o una tregua.
Yo la miraba desde el lugar asignado a los mandatarios extranjeros.
Pensé en Pedro Joaquín.
Fue un pensamiento mezquino. En el instante de su victoria no pensé en Nicaragua, ni en las decenas de miles de muertos, ni en las madres que recibirían de vuelta a sus hijos armados, ni en la posibilidad de que los contras abandonaran las montañas. Pensé solamente que aquel hombre muerto estaría presente en el pensamiento de Violeta y que yo, vivo, sentado a pocos metros de ella, no conseguiría ocupar siquiera un rincón semejante.
Después del acto hubo discursos, abrazos y fotógrafos.
La encontré al final de un corredor estrecho, detrás de las tribunas. Dos asistentes se habían alejado para buscarle agua. Estaba apoyada contra la pared, respirando con dificultad. La banda presidencial atravesaba su vestido blanco.
—Cumplí —le dije.
Ella levantó la mirada.
—Ambos estamos, presidente Pérez.
—Se lo prometí.
—No sabía que usted controlaba a los sandinistas.
—No los controlo. Tampoco a los venezolanos, para serle franco.
Sonrió, pero enseguida volvió a cerrar los ojos.
—¿Le duele mucho?
—Las rodillas, el país, los hijos. Todo por turnos.
Me acerqué. Durante un instante tuve el impulso de sostenerla por la cintura. No lo hice. Entre nosotros había apenas medio metro, pero en aquel medio metro cabían una viudez, dos repúblicas y todas las cámaras del continente.
—En unas horas viajo a Washington —dije—. Hablaré con Bush. Necesita ayuda.
—Nicaragua necesita ayuda.
—Eso dije.
Abrió los ojos.
—No, Carlos Andrés. Usted dijo que yo la necesitaba.
Había notado la diferencia.
—¿Y no es verdad?
—Es peligroso confundir a una persona con un país. Las personas terminan creyendo que todo se les debe. Los países terminan siendo tratados como cuerpos que pueden poseerse.
—No quiero poseerla.
Ella sostuvo mi mirada con una expresión donde había cansancio y una compasión que me resultó insoportable.
—Todavía no he dicho que estuviera hablando de mí.
Llegaron los asistentes con el agua.
Nos despedimos entre gente que entraba y salía. Antes de alejarme, Violeta tomó mi mano y la retuvo durante unos segundos. No fue un gesto de amante. Tampoco el saludo de una jefa de Estado. Se parecía más al modo en que alguien comprueba que una barandilla es firme antes de apoyar sobre ella todo su peso.
—Vuelva esta noche —susurró.
—¿Adónde?
—A la casa. Después de que terminen las ceremonias.
—¿Es una invitación oficial?
—No. Por eso le pido que no traiga ministros.
Aquellas palabras me acompañaron hasta el hotel.
Durante la cena apenas escuché a quienes me hablaban. Veía moverse sus bocas, los cubiertos, las copas empañadas. Pensaba en una mujer vestida de blanco que me esperaba en una casa donde aún estaría colgado el retrato de su esposo.
¡Qué ridículo era yo! Había sobrevivido a conspiraciones, a Caldera, huelgas, elecciones, militares descontentos y multitudes que gritaban mi nombre para ensalzarlo o maldecirlo. Y, sin embargo, aquella noche me arreglé la corbata frente al espejo como un empleado provinciano invitado por primera vez a visitar a una viuda.
Llegué cerca de la medianoche.
La casa se había vaciado. En el comedor quedaban platos con restos de gallo pinto, tazas de café, servilletas arrugadas y ceniceros llenos. Aquel desorden doméstico me impresionó más que la ceremonia: era allí, entre alimentos fríos y discusiones familiares, donde tendría que gobernarse Nicaragua.
Violeta ya no llevaba la banda. Se había cambiado el vestido blanco por una bata clara. Estaba sentada frente a una ventana abierta. En la pared, sobre un escritorio cubierto de periódicos, se encontraba la fotografía de Pedro Joaquín.
—¿Por qué me llamó? —pregunté.
—Necesitaba agradecerle personalmente
—Yo también.
—Lo sé. Pero usted al menos parece avergonzado.
Me ofreció café.
Nos quedamos en silencio mientras afuera ladraban los perros y pasaban vehículos militares. Managua no conocía las noches blancas; sus noches eran negras, calientes y vigiladas, llenas de insectos que golpeaban las lámparas y hombres que conducían con el fusil entre las piernas.
—¿Tiene miedo? —pregunté.
—Si.
—Esta mañana no lo parecía.
—Esta mañana Nicaragua necesitaba una mujer sin miedo. Ahora solo quedamos usted y yo. No tengo miedo por el país, sino en perderme, de nuevo.
No debería atribuir a aquellas palabras más significado del que tuvieron. Sin embargo, un hombre puede vivir muchos años dentro de una sola frase si nadie se atreve a sacarlo de ella.
—Puedo enviarle gente —dije—. Hombres preparados. Quiero cuidarla, protegerla, ayudarla a no despistar. No dependerían de las facciones de aquí. Vigilarían la casa, sus traslados, a sus hijos.
—¿Soldados?
—No exactamente. Estarán a sus órdenes.
Violeta miró la fotografía de su esposo.
—Pedro Joaquín habría dicho que ningún gobernante debe rodearse de hombres que sepan obedecer demasiado bien.
Sentí otra vez aquella absurda irritación.
—Pedro Joaquín no está aquí.
En cuanto lo dije quise retirar las palabras, pero ya se encontraban entre nosotros.
Ella no respondió. Se levantó con esfuerzo y llegó hasta el escritorio. Tomó la fotografía con las dos manos.
—No —dijo—. No está aquí. Por eso estoy yo.
—Violeta…
—¿Sabe qué es ser viuda, Carlos Andrés? No es estar sola. Ojalá fuera eso. Una mujer sola todavía puede esperar algo. Una viuda vive acompañada por una interrupción. Todo lo que ocurre parece la continuación de una conversación que alguien dejó sin terminar.
—Han pasado doce años.
—Para usted.
—No puedo competir con un muerto.
—Nadie se lo ha pedido.
La crueldad de una mujer bondadosa es involuntaria y, por eso mismo, perfecta.
Me acerqué a la ventana. En el jardín, un hombre de seguridad fumaba bajo un árbol. Desde alguna radio llegaba una canción romántica deformada por la estática. Pensé en Caracas, en mis propios muertos, en los cuerpos recogidos después de los disturbios, en las familias a las que mi gobierno había respondido con profundo pesar.
—No soy el hombre que usted cree —dije.
—No sé qué hombre es.
—He cometido errores.
—Eso lo sé.
—Errores graves.
—También.
—Tal vez no tenga derecho a hablarle de democracia ni de paz.
Violeta volvió a colocar la fotografía sobre el escritorio.
—Ninguno de nosotros tiene derecho. Hablamos porque alguien debe hacerlo.
—Eso no me absuelve.
—No intento absolverlo.
—Entonces ¿por qué me ha llamado?
Se sentó de nuevo. Parecía más pequeña sin la banda, sin el vestido blanco, sin las cámaras. Por un instante no vi a la presidenta de Nicaragua, sino a una mujer de sesenta años que había enterrado a su marido, contemplado cómo sus hijos elegían bandos enemigos y aceptado gobernar porque todos los hombres disponibles habían aprendido a odiarse.
—Porque esta mañana —dijo—, cuando me lanzaron aquellas bolsas desde las gradas, usted fue la única persona que no miró hacia donde caían. Me miró a mí.
No respondí.
—Eso me dio miedo —continuó—. Pero también me hizo sentir acompañada.
Me arrodillé frente a ella.
No sé por qué lo hice. Tal vez porque permanecía sentada, tal vez porque quería mirar su rostro sin que ella tuviera que levantarlo. Quizá todos los hombres que se consideran poderosos terminan arrodillándose en secreto ante alguien que ignora su poder.
Tomé su mano.
—Permítame protegerla.
—¿A cambio de qué?
—De nada.
—Nadie hace algo así a cambio de nada.
—Entonces a cambio de que viva.
—Eso sigue siendo algo para usted.
—Sí.
Ella retiró lentamente la mano.
—No me ame, Carlos Andrés.
Fue la primera vez que alguno de los dos utilizó aquella palabra.
—No lo hago.
—No mienta esta noche.
—Los hombres siempre dicen eso cuando saben perfectamente lo que sienten y no quieren responsabilizarse.
Me levanté. Sentía calor, vergüenza, una cólera infantil contra ella, contra el retrato, contra Nicaragua y contra la hora que avanzaba.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿No siente nada?
Violeta miró hacia el jardín.
—Siento gratitud.
—La gratitud es la forma más educada del rechazo.
—También siento ternura.
—Eso es todavía peor.
—Y miedo, se lo dije.
—¿De mí?
—De acostumbrarme a que alguien me proteja.
Nos contemplamos durante unos segundos.
En otro tiempo, en otra casa, siendo otras personas, quizá habría ocurrido algo. Un beso, una promesa, una noche que al amanecer exigiría explicaciones. Pero ella era la viuda de Pedro Joaquín Chamorro y, desde esa mañana, presidenta de Nicaragua. Yo era Carlos Andrés Pérez, presidente de un país que comenzaba a retirarme su afecto. No éramos libres ni siquiera para cometer una imprudencia privada. Nuestras imprudencias pertenecían de antemano a los archivos públicos.
—Enviaré a los hombres —dije.
—No le he dicho que sí.
—Tampoco que no.
—No abandonaré Nicaragua, pase lo que pase.
—Si hay una amenaza seria, la llevarán a una embajada.
—No iré.
—La llevarán aunque tengan que cargarla.
Violeta sonrió.
—Entonces procure enviar hombres fuertes.
Me acompañó hasta la puerta.
Antes de salir, me llamó por mi nombre. Al volverme, vi que sostenía una pequeña orquídea, arrancada quizá de algún arreglo floral recibido durante la ceremonia.
—Para que no diga que Nicaragua nunca le dio nada.
La guardé en el bolsillo interior del saco.
No la besé.
He pensado muchas veces que toda mi desgracia posterior comenzó con aquel beso que no ocurrió.
Tercera noche
Los hombres llegaron a Managua unos días después.
No llevaban uniforme venezolano. Se alojaron discretamente, inspeccionaron rutas, cambiaron vehículos, estudiaron las ventanas de la casa presidencial y aprendieron a distinguir los disparos de celebración de los otros. Entre ellos llamaron Orquídea a la operación. Nunca pregunté quién eligió el nombre. Preferí creer que había sido una casualidad, porque ciertas coincidencias son demasiado íntimas para soportar una explicación.
Violeta protestó al principio.
Después se habituó a verlos junto a las puertas. Uno de ellos me contó que se negaba a modificar sus horarios y que, cuando le sugerían una ruta más segura, respondía que un país no podía reconciliarse escondiendo a su presidenta en el asiento trasero de un automóvil.
Yo recibía informes semanales.
Los leía por la noche, en Miraflores, mientras Venezuela se volvía cada vez más hostil. En ellos no había nada amoroso: hora de salida, personas recibidas, incidentes en las calles, amenazas interceptadas, condiciones de los vehículos. Sin embargo, para mí constituían cartas.
“Objetivo arribó sin novedad.”
“Objetivo permaneció en residencia.”
“Objetivo se negó a cancelar actividad.”
Objetivo.
Así la llamaban.
A veces me preguntaba si todo amor no consistía precisamente en eso: convertir a alguien en el objetivo secreto de nuestros actos y luego fingir ante los demás que obedecemos a razones más dignas.
Hablábamos por teléfono.
Nunca mencionábamos aquella noche.
Ella me contaba las disputas de la coalición, la resistencia de quienes exigían expulsar a todos los sandinistas, las presiones para destituir a Humberto Ortega, los campesinos armados que desconfiaban de las promesas, la economía que parecía necesitar billetes de denominaciones cada vez más absurdas.
—Todos quieren que gobierne contra alguien —me dijo una vez—. La UNO contra el Frente, los contras contra el Ejército, Washington contra La Habana, mis hijos unos contra otros. Nadie entiende que he venido para gobernar entre ellos.
—Gobernar entre enemigos es una manera lenta de quedar sola.
—Usted debe saberlo.
Tenía razón.
En febrero de 1992 un grupo de militares intentó derrocarme.
Cuando recuperamos el control, recibí mensajes de solidaridad de medio mundo. El de Violeta fue breve. No hablaba de democracia continental ni del orden constitucional. Decía únicamente:
“Supe que está vivo. Gracias a la vida.”
Leí esas palabras muchas veces.
Quise llamarla, pero no lo hice. Existe un pudor particular entre las personas que se han amado sin permitirse comenzar: cada gesto puede parecer una exigencia de reconocimiento.
Meses después hubo otro intento.
Entonces comprendí que los hombres que yo había enviado para asegurar que ella llegara viva al final de cada jornada no podían hacer nada por mí. Esa injusticia me pareció hermosa. La protección que exige reciprocidad no es protección, sino comercio.
En 1993 vinieron los fiscales.
Hablaron de fondos secretos, de bolívares convertidos, de partidas destinadas a la seguridad de Venezuela y utilizadas en Nicaragua. Pronunciaron el nombre de la operación.
Orquídea.
Al escucharlo en boca de los acusadores sentí que habían irrumpido en una habitación privada.
Mis abogados me recomendaron negar, diluir, responsabilizar a subordinados, hablar de procedimientos administrativos. Me dijeron que el país no comprendería por qué se había gastado aquella cantidad en proteger a una mandataria extranjera.
—No era una mandataria extranjera —respondí.
El abogado me miró de una manera extraña.
La Corte me separó del cargo.
Una tarde, mientras abandonaba Miraflores, encontré en el bolsillo de un saco viejo la orquídea seca. Se había vuelto pequeña, marrón y frágil; al tocarla, uno de los pétalos se deshizo sobre mi dedo.
Pensé en llamarla.
No lo hice.
Era fácil ser generoso mientras ocupaba la presidencia. Desde la desgracia, cualquier llamada habría parecido una cobranza.
La mañana
Pasó más de un año antes de que llegara su carta.
No venía en papel oficial. El sobre llevaba únicamente mi nombre, escrito con una letra grande e insegura.
“CAP:
Me preguntan por usted. Quieren saber si recibí dinero, si me lo entregó personalmente, si fue empleado para favorecerme. He respondido que ni yo ni mi gobierno recibimos ayuda personal. Eso es verdad.
También me aconsejan que guarde silencio. Dicen que Nicaragua no debe intervenir en los asuntos internos de Venezuela.
Pero hay silencios que se parecen demasiado a la ingratitud.
No sé qué motivos tuvo usted. Quizá fueron los que declaró. Quizá hubo otros que nunca declararíamos ninguno de los dos. No me corresponde juzgarlos.
Sí me corresponde decir que aquellos hombres estuvieron aquí cuando no sabíamos si la paz duraría una semana. Estuvieron junto a mi casa, acompañaron a mis hijos y me protegieron incluso de mi propia terquedad. En parte gracias a usted pude ocuparme de un país que todavía necesitaba aprender a vivir sin matarse.
Seguimos siendo amigos.
No escribo esto para absolverlo. Usted sabe que nunca he querido ser confesor de presidentes. Lo escribo para que no conviertan una ayuda a Nicaragua en una vergüenza.
Guardo todavía algunas orquídeas en el jardín.
Violeta.”
Leí la carta junto a una ventana.
Caracas estaba cubierta por una lluvia fina. Desde allí no podía verse el mar, pero se sentía su humedad en las paredes. En la calle, los automóviles avanzaban levantando agua oscura.
“Seguimos siendo amigos.”
Otra vez la gratitud. Otra vez la ternura. Otra vez aquella distancia piadosa que ella sabía imponer sin humillar a nadie, salvo a mí.
Y, sin embargo, no me sentí rechazado.
Comprendí que durante todos aquellos años había interpretado mal nuestra historia. Yo creía haber amado a una mujer que pertenecía a un muerto. No era verdad. Violeta tampoco pertenecía ya a Pedro Joaquín, aunque lo amara. Pertenecía a algo mucho más exigente: a la frágil posibilidad de que Nicaragua no volviera a la guerra.
Por eso no podía darme lo que yo había imaginado.
No porque su corazón estuviera ocupado, sino porque había hecho de su corazón una institución pública.
Guardé la carta con la flor seca.
Los jueces podían decidir que yo había tomado dinero que no me pertenecía. Podían expulsarme de la presidencia, registrar mis cuentas, convertir cada decisión en una prueba y cada explicación en una excusa. Tal vez tenían razón. Los hombres como yo nos acostumbramos a llamar deber histórico a aquello que deseamos hacer y sacrificio nacional al precio que obligamos a otros a pagar.
No pretendo inocencia.
Solo pido que se me conceda una culpa exacta.
Yo no robé por una amante.
No compré joyas, casas ni una noche clandestina. No recibí un beso. Ni siquiera la promesa de recibirlo.
Tomé el dinero de un país atribulado y lo convertí en hombres armados que vigilaban el sueño de una viuda. Lo hice porque una madrugada le prometí que llegaría viva al veinticinco de abril y porque, después de cumplirlo, no supe cómo dejar de cumplirlo todos los días.
Ese fue mi delito.
O mi amor.
A estas alturas ya no advierto la diferencia.
A veces sueño con el estadio de Managua. Violeta avanza vestida de blanco, apoyada en sus muletas, mientras desde las gradas le arrojan agua, insultos y bolsas de refresco de naranja. Yo intento llegar hasta ella, pero entre ambos desfilan soldados, magistrados, periodistas, ministros, hijos enemigos y los muertos de dos países.
Nunca consigo alcanzarla.
Ella recibe la banda, levanta una mano y sonríe.
Entonces se vuelve hacia mí. No hacia Pedro Joaquín, ni hacia Ortega, ni hacia la multitud. Hacia mí.
No dice que me ama.
Dice únicamente que ha llegado viva.
Y yo despierto con una felicidad tan intensa que durante algunos segundos olvido que todo ha terminado.
¿No basta, acaso, una sola mañana semejante para justificar la vida entera de un soñador?
Advertencia de ficción
La presente obra es una creación literaria enteramente ficticia, inspirada libremente en figuras y acontecimientos históricos de conocimiento público. Las conversaciones, pensamientos, sentimientos, encuentros privados, motivaciones y vínculos afectivos atribuidos a Carlos Andrés Pérez y Violeta Barrios de Chamorro son producto exclusivo de la imaginación del autor y no pretenden afirmar, insinuar ni documentar que haya existido entre ellos una relación sentimental real.
Las referencias históricas han sido empleadas únicamente como marco narrativo y pueden haber sido condensadas, modificadas o dramatizadas con fines artísticos. Esta obra no constituye una investigación histórica, biografía, testimonio ni reconstrucción periodística.
Las ilustraciones que la acompañan son recreaciones artísticas, no fotografías ni documentos históricos. Su semejanza con personas reales responde exclusivamente a las necesidades de representación de los personajes dentro de esta ficción.
La obra no busca menoscabar el honor, la reputación, la memoria, la vida privada ni el legado político o familiar de las personas representadas. Toda escena íntima o sentimental deberá entenderse exclusivamente como parte de un ejercicio de ficción histórica y fan fiction sin pretensión de veracidad.

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